Carta de un voluntario de la Casa de Sevilla a «Fernandito»

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«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios»
Mi querido Fernando, he empezado estas líneas con esas palabras del Evangelio, porque sé que cuando Dios las inspiró, estaba pensando en ti. En estos momentos, en los que tan costoso es que salgan las palabras, ya estarás viéndole con esos benditos ojos. Ojos que, por Amor, Dios te dio, no para lo mismo que los tenemos nosotros, sino para transparentar su alegría y su esperanza. Esos ojos sin fin, que al mirarme en ellos siempre me preguntaban por el sentido de mi vida, me invitaban a mejorar y despreocuparme de las tonterías del día a día, me insistían en confiar.

Has sido una constante en Regina, tan importante pero humilde como el sagrario de la capilla o ese monte que sostiene la casa. Siempre con solo bondad en tu corazón, que hasta por no herir los sentimientos de nadie, inventaste ese «paneteya» para hacernos saber que tu paciencia estaba cerca de su límite. Nos enseñaste a querer a los demás, con humor y naturalidad, pero a querer, al fin y al cabo, a Peña, al «bético», Juanito, Miguel Ángel, Isabelita… Tú fuiste un maestro en no llevar cuentas de las faltas y tratar a todos con una sonrisa.
Me viene a la mente todas esas tardes y mañanas en las que gritabas mi nombre insistentemente, yo me acercaba, y con todo mi cariño, mientras te daba agua o miraba que estuvieses cómodo, te decía que a ver si eras así de insistente, diciendo mi nombre, cuando estuvieses delante del Señor. Y hoy, justo ahora, sin embargo, esa ya me parece una petición banal, en comparación con la que se me repite en mi interior: que no te olvides de mí, de todos nosotros, que recuerdes todos esos buenos ratos juntos, ese «carro nuevo,amarillo», las 60 ruedas de mi coche, que el fumar mata, que había que avisarte siempre antes de enjabonarte la cabeza porque si no te asustabas, que sólo supimos quererte una pequeña parte de lo que merecías, pero siempre lo hicimos con todo el corazón.fernandito4
Querido amigo, como dice Mª Ángeles, disfrutarte tantos años ha sido de las mejores cosas que me han pasado en mi vida. Le doy gracias a Dios por conocerte, porque sí, porque eres irrepetible, por haberte podido contar como crecía y maduraba, por haberte susurrado, medio avergonzado, que me enamoraba, que me casaba, y habernos dejado el Señor tiempo para que besaras a mi hija, a la que siempre contaré que una vez conocí a un santo y él conocía mi nombre. Y como yo, decenas, sino cientos, de personas a las que hiciste que su vida fuese mejor y más feliz.
No había voluntario o hermana que no enamorases al poner tu cara «de guapo», al cogernos las manos y besarlas, al decirnos que nos queríamos un millón, o que estábamos fatal. Eres quien defendías a las hermanas si alguien osaba decir algo incorrecto sobre ellas delante de ti, eres quien encontrabas vocaciones a cura hasta en El Corte Inglés, aunque no fueras a misa por falta de tiempo, quien en los últimos años estuviste siempre al lado de Jesús en el patio, y quien siempre estabas dispuesto a ir a abrir la puerta cuando llamaban.
fernandito5No puedo pensar en ti y no sonreír, ese es tu carisma, tu don divino. Ahora Dios recupera ese trocito de Reino que nos regaló todos estos años, y tú, medio despistadillo como eres, pero sabiéndote en casa, donde mereces estar, aguardarás a que tus amadas monjas y queridos amigos volvamos a estar junto a ti.
Hasta pronto Fernando, te queremos… dos millones.